
Sultanes Femenil se ha convertido, hasta ahora, en la gran decepción de la Liga Mexicana de Softbol. Un equipo que arrancó la temporada señalado entre los favoritos, hoy ocupa el último lugar del standing con marca de 1-7, sin que el proyecto termine de encontrar rumbo ni identidad dentro del terreno.
Las expectativas no eran improvisadas. El club cuenta con infraestructura, respaldo institucional y un roster que, en el papel, parecía suficiente para competir. A eso se sumó, desde mayo, la llegada de Rafael Guzmán, un coach con amplio currículum en Estados Unidos y experiencia en entornos de alto nivel. Sin embargo, los resultados no acompañan y el impacto prometido no se refleja en el campo.
Con Guzmán al frente, Sultanes no ha mostrado una evolución clara. El equipo sigue batallando con el bateo, sufre en momentos clave y carece de la consistencia mínima para cambiar la inercia negativa. Y no hay señales visibles de una transformación competitiva.
Desde el discurso, el mensaje ha sido de trabajo, armonía y confianza en el proceso. Pero el softbol, como cualquier deporte de alto rendimiento, suele evidenciar rápido cuando un proyecto fluye… y cuando no. En el caso de Sultanes Femenil, la química colectiva no termina de aparecer. En el dugout, en la respuesta anímica y en la ejecución, el equipo luce desconectado, como si las piezas no terminaran de ensamblar bajo una misma idea.
No se trata de cuestionar trayectorias ni credenciales. Guzmán llegó con blasones ganados fuera de México, pero en la LMS, hasta ahora, no ha logrado marcar una diferencia real. Y en una liga corta, donde el margen de reacción es mínimo, el tiempo empieza a jugar en contra.
Sultanes Femenil sigue teniendo talento y condiciones para competir mejor de lo que muestra. Pero el calendario avanza, el standing no espera y las explicaciones se agotan. Hoy, más que un problema táctico, el equipo parece enfrentar una cuestión más profunda: un proyecto que no termina de cuajar.
La decepción no es por perder, sino por no verse un rumbo claro. Y en Monterrey, eso siempre pesa.


