
El anuncio de que David Reyes, uno de los brazos más dominantes de la LMB, reforzará a los Coqueros de Tuxpan en la Liga Invernal de Béisbol Nayarita ha generado entusiasmo entre los aficionados regionales.
La LIBN es una liga regional estacional que reúne equipos de Nayarit como Tuxpan, Tabaqueros de Santiago y otros, con series de postemporada que suelen disputarse en febrero, culminando en una final a ganar cuatro de siete juegos.
Para Reyes, participar ahí representa otra oportunidad de competencia y mantenerse en ritmo. Pero desde una perspectiva más amplia, su caso abre un debate interesante sobre cómo el béisbol organiza la actividad de sus estrellas en diferentes niveles.
En MLB, las organizaciones cuidan sus activos como inversores millonarios. Los pitchers élite rara vez reciben permiso para jugar fuera de calendarios oficiales, incluso para eventos de prestigio internacional como el Clásico Mundial o la Serie del Caribe. Las cargas de trabajo se miden con precisión, hay programas de protección física, y las decisiones sobre apariciones se toman bajo parámetros estrictos de salud y contrato.
En contraste, en México vemos casos como el de Reyes, cuya participación en una liga regional no necesariamente implica un seguimiento médico riguroso, ni políticas de protección laboral que resguarden efectos de lesiones o fatiga prolongada. No se trata de cuestionar su decisión de competir, sino de preguntarnos si el sistema mexicano de béisbol tiene la misma capacidad —o la misma prioridad— para proteger a sus peloteros estrella.
¿Es simplemente una cuestión de cultura organizacional? ¿O está ligado a una realidad económica donde los salarios y la estructura de la liga no permiten garantías comparables?
Mientras en MLB los pitchers son tratados como activos estratégicos a proteger, en México parecen ser vistos como talentos libres para competir donde quieran. Eso genera orgullo de pasión… pero también una pregunta incómoda sobre responsabilidad institucional.


