
Desde la época de la COVID-19 —que, aunque parece lejana apenas comenzó hace seis años y dejó atrás su etapa más crítica hace poco más de cuatro— el beisbol mexicano ha vivido una transformación silenciosa pero contundente. En ese lapso, dos ciudades del noroeste del país han marcado el ritmo de producción de talento hacia Grandes Ligas: Hermosillo y Tijuana.
En total, son 10 peloteros mexicanos que han debutado en MLB desde 2020 provenientes de estas dos plazas. Un número que no solo llama la atención por su volumen, sino por su concentración en un periodo tan corto.
Hermosillo lidera esta tendencia con seis nombres: Luis González e Isaac Paredes, ambos debutantes en 2020, seguidos por Irving López y César Salazar en 2023, Alan Rangel en 2025 y, más recientemente, Brandon Valenzuela, quien se estrenó apenas este domingo en el mejor beisbol del mundo.
Por su parte, Tijuana ha aportado cuatro jugadores en este mismo lapso: Alejandro Kirk, también parte de la generación 2020, junto con Jonathan Aranda y Javier Assad, quienes dieron el salto en 2022, y Tirso Ornelas, que lo hizo en 2025. Kirk y Aranda son por ahora los más cotizados de todo el contingente de México.
Más allá de los nombres, lo verdaderamente relevante es el patrón. No se trata de una coincidencia aislada, sino de una tendencia clara y sostenida… mientras el mundo enfrentaba una de las etapas más complejas de los últimos tiempos, en estas dos ciudades se consolidaban procesos de desarrollo, formación y exportación de talento.
El caso reciente de Valenzuela no solo amplía la lista: la confirma. Hermosillo y Tijuana no están produciendo de manera esporádica, lo están haciendo de forma constante.
Hoy, el mapa del beisbol mexicano tiene un nuevo eje bien definido. Y si los últimos años son indicio de lo que viene, todo apunta a que la siguiente generación de bigleaguers seguirá teniendo el mismo origen.
Porque en el presente del beisbol mexicano, la realidad es clara: la fábrica está en Hermosillo y Tijuana.


