
Hubo un tiempo en el que los Tigres eran sinónimo de protagonismo. En la Ciudad de México, su rivalidad con los Diablos Rojos no solo encendía la temporada: definía el pulso del beisbol… eran populares, competitivos y protagonistas constantes.
Hoy, esa versión parece cada vez más lejana. Primero con su salida de la capital y, pero más específicamente, tras la venta de la franquicia por parte de la familia Peralta, los Tigres de Quintana Roo han pasado a ser un equipo del montón. Las últimas temporadas los han encontrado lejos de los primeros planos, sin protagonismo y con una identidad que se ha ido diluyendo año con año.
Ahora, el club vuelve a hablar de cambio. La organización anunció una reestructuración deportiva con la llegada de Héctor Estrada como mánager y Enrique Couoh Hidalgo como director deportivo, en lo que presentan como el inicio de una nueva etapa. Estrada, con amplia experiencia en la Liga Mexicana de Beisbol, ya trabaja con el grupo con un enfoque en orden interno y comunicación.
Pero la pregunta es inevitable: ¿por qué creerles ahora?
Porque más allá del discurso, lo que realmente marca diferencia es el roster… y ahí, Tigres no ha logrado generar expectativa. No hay incorporaciones que sacudan, ni señales claras de un salto competitivo inmediato.
En una liga donde varios equipos se han fortalecido de forma agresiva, el proyecto felino vuelve a apostar más por la narrativa que por un golpe de autoridad en el terreno, y, ese es justamente el punto. No es la primera vez que Tigres habla de una “nueva etapa”, pero mientras los resultados no respalden el mensaje, todo suena más a intención que a realidad.
El reto no es menor: recuperar credibilidad… ya no basta con anunciar cambios, ahora tienen que demostrarlos.


