
Más allá del diamante, los Jaguares de Nayarit representan uno de los proyectos más complejos del beisbol mexicano reciente, no solo por su llegada a la Liga Mexicana del Pacífico, sino por la estructura de poder que rodea a la franquicia. Sin necesidad de hablar de porcentajes accionarios —que no han sido transparentados públicamente—, el caso de los Jaguares permite identificar tres actores que ejercen control o influencia directa sobre el equipo, lo que en la práctica los convierte en tres dueños de facto.
El primero es Carlos Peralta, quien aparece públicamente como presidente del club y como el empresario que encabezó la adquisición y el traslado de la franquicia a Nayarit. Su rol es el más visible: toma decisiones deportivas y administrativas, representa al equipo ante la Liga y funge como la cara institucional del proyecto. En el ecosistema del beisbol profesional, esa figura suele corresponder al propietario principal o al socio con mayor poder de decisión.
El segundo actor es el diputado federal Pedro Haces, cuya influencia se manifiesta a través del control de la marca “Jaguares de Nayarit”, registrada ante el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI) por su entorno familiar. Aunque la titularidad de una marca no equivale automáticamente a la propiedad del club, en términos prácticos sí otorga un poder estratégico: el uso del nombre, la identidad comercial y los derechos asociados a la imagen del equipo. En una industria donde la marca es un activo central, ese control representa una forma clara de propiedad funcional.
El tercer elemento es el Gobierno, particularmente el estatal y el federal, que aportaron recursos públicos para la construcción del Estadio Coloso del Pacífico, casa de los Jaguares. Sin esa inversión, el proyecto simplemente no podría existir en su forma actual. Cuando un equipo profesional depende de infraestructura financiada con dinero público, el gobierno se convierte en un actor clave, con capacidad de condicionar el uso del inmueble, los tiempos, los convenios y, en algunos casos, el rumbo del proyecto.
Tal vez el tiempo y los resultados deportivos terminen por definir el rumbo de los Jaguares. Pero mientras tanto, su origen deja una lección clara: en el beisbol moderno, el poder no siempre está en un solo palco, sino repartido entre quien manda, quien nombra y quien paga.


