
La Serie del Caribe 2026 ya tiene sede (Guadalajara), fechas (1-7 febrero) y estadio (Panamericano). Lo que no tiene su dirigencia, y quizá tarde en recuperar, es credibilidad institucional.
La crisis no estalló por el cambio de sede en sí. El beisbol ha sobrevivido antes a ajustes, cancelaciones y mudanzas de último momento. El verdadero problema fue cómo se tomó la decisión: sin argumentos públicos sólidos, sin transparencia y con una velocidad que dejó más dudas que certezas.
Cuando tres ligas abandonan una sede y, 48 horas después, aparece otra completamente armada, el ruido es inevitable. Cuando el país afectado responde con enojo y amenaza con no asistir, el problema deja de ser logístico y se vuelve estructural.
La Serie del Caribe nació como un punto de unión entre ligas hermanas. Esa unión no existe el día de hoy, más bien, muestra grietas profundas generadas por dudosos intereses y la falta de solidaridad. La Confederación del Caribe queda en deuda por no explicar, no mediar y no comunicar.
Lo grave no es que Venezuela falte a una edición, lo grave es que, a partir de ahora, cada sede, cada decisión y cada voto se lea con sospecha.
El beisbol caribeño necesita unanimidad, pero más que eso, necesita confianza. Y esa, hoy, está más dañada que cualquier calendario.


