
Algo no parece estar funcionando en Monterrey.
Durante la visita de los Sultanes a la Ciudad de México el pasado fin de semana, llamó la atención la actitud del manager Henry Blanco, visiblemente molesto y evitando prácticamente cualquier contacto con la prensa. Por sí sola, una actitud así no significaría demasiado, pero cuando se combina con los resultados recientes del equipo, las señales comienzan a ser difíciles de ignorar.
Y los números son contundentes. Los Sultanes de Monterrey fueron barridos por los Diablos Rojos del México en una serie que terminó convirtiéndose en una auténtica pesadilla para la organización regiomontana. En tres juegos recibieron 34 carreras y apenas anotaron cinco.
Pero quizá el dato más preocupante está en cómo comenzaron los encuentros. Los Diablos atacaron desde el primer inning en los tres partidos: cuatro carreras en la primera entrada del viernes, siete el sábado y seis el domingo. En total, Monterrey permitió 17 carreras en los primeros episodios de la serie, prácticamente entregando los juegos antes de que pudieran desarrollarse.
La ofensiva tampoco encontró respuestas. Los Sultanes conectaron apenas 17 imparables en toda la serie, exactamente la misma cantidad de carreras que permitieron en las primeras entradas.
Perder contra los Diablos no debería encender alarmas por sí mismo. Después de todo, se trata del actual campeón y uno de los equipos más explosivos de la liga. Lo preocupante es la forma.
Porque la barrida llega en un momento en que Monterrey ha comenzado a perder posiciones en el standing y en que una parte de la afición empieza a expresar cada vez más dudas sobre el rumbo del equipo.
Nadie habla todavía de una crisis definitiva, pero cuando los resultados empeoran, las derrotas se acumulan y el manager transmite frustración incluso fuera del terreno, es inevitable que aparezcan las preguntas.
Y en Monterrey, esas preguntas comienzan a escucharse cada vez con más frecuencia.


