BARRAS BRAVAS NO VAN CON EL BEISBOL… ACUSAN A WILLIE

1 noviembre, 2026
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Una publicación en un medio local de Monterrey provocó reacciones en redes sociales al señalar que Willie González, directivo de Sultanes, habría buscado a Samuel Reyes, líder de Libres y Lokos, la barra de los Tigres de la UANL, para impulsar un grupo de animación inspirado en ese modelo. De acuerdo con esa versión, la propuesta fue rechazada por los integrantes de la barra.

El señalamiento pone sobre la mesa una discusión que va mucho más allá de la controversia alrededor del nombre de Libres y Lokos: ¿tiene sentido importar al béisbol la cultura de las barras bravas del futbol?

Desde nuestra perspectiva, la respuesta es no.

Las barras bravas tienen sus raíces en el futbol sudamericano y se han asociado con episodios de violencia, enfrentamientos y situaciones de riesgo dentro y fuera de los estadios. México tampoco ha sido ajeno a los problemas que rodean a este fenómeno. Pretender trasladar ese modelo a los parques de pelota sería abrir la puerta a una cultura que no corresponde al ambiente que el béisbol debe preservar.

El béisbol no necesita barras bravas para generar pasión. Tiene rivalidades, tradición, cánticos, familias y aficionados capaces de apoyar a su equipo durante nueve entradas sin convertir la tribuna en un territorio de confrontación. La intensidad de una afición no se mide por su capacidad de intimidar al rival, sino por la manera en que acompaña a su equipo.

Por eso resulta especialmente preocupante que el señalamiento involucre a un directivo de una organización profesional. Si la iniciativa existió, cabe preguntar qué beneficio esperaba obtenerse y si se evaluaron los riesgos para el público y para la identidad del propio deporte.

Conviene distinguir entre una acusación difundida públicamente y un hecho plenamente confirmado. Pero la discusión merece atención desde ahora. Sultanes tiene historia y una afición que no necesitan importar modelos ajenos al béisbol. Los estadios deben seguir siendo espacios para disfrutar el juego, convivir y llevar a los hijos a la pelota.

A este episodio se suma la disputa por el nombre de Libres y Lokos. González solicitó ante el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI) el registro de la marca, una decisión cuestionada por integrantes de la barra, quienes han planteado la posibilidad de impugnar el trámite. La solicitud no equivale a una concesión definitiva, por lo que el desenlace legal sigue siendo un asunto distinto de la polémica por la supuesta propuesta de llevar este modelo de animación a Sultanes.

La pasión sí va con el béisbol. Las barras bravas, no.

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Una publicación en un medio local de Monterrey provocó reacciones en redes sociales al señalar que Willie González, directivo de Sultanes, habría buscado a Samuel Reyes, líder de Libres y Lokos, la barra de los Tigres de la UANL, para impulsar un grupo de animación inspirado en ese modelo. De acuerdo con esa versión, la propuesta fue rechazada por los integrantes de la barra.

El señalamiento pone sobre la mesa una discusión que va mucho más allá de la controversia alrededor del nombre de Libres y Lokos: ¿tiene sentido importar al béisbol la cultura de las barras bravas del futbol?

Desde nuestra perspectiva, la respuesta es no.

Las barras bravas tienen sus raíces en el futbol sudamericano y se han asociado con episodios de violencia, enfrentamientos y situaciones de riesgo dentro y fuera de los estadios. México tampoco ha sido ajeno a los problemas que rodean a este fenómeno. Pretender trasladar ese modelo a los parques de pelota sería abrir la puerta a una cultura que no corresponde al ambiente que el béisbol debe preservar.

El béisbol no necesita barras bravas para generar pasión. Tiene rivalidades, tradición, cánticos, familias y aficionados capaces de apoyar a su equipo durante nueve entradas sin convertir la tribuna en un territorio de confrontación. La intensidad de una afición no se mide por su capacidad de intimidar al rival, sino por la manera en que acompaña a su equipo.

Por eso resulta especialmente preocupante que el señalamiento involucre a un directivo de una organización profesional. Si la iniciativa existió, cabe preguntar qué beneficio esperaba obtenerse y si se evaluaron los riesgos para el público y para la identidad del propio deporte.

Conviene distinguir entre una acusación difundida públicamente y un hecho plenamente confirmado. Pero la discusión merece atención desde ahora. Sultanes tiene historia y una afición que no necesitan importar modelos ajenos al béisbol. Los estadios deben seguir siendo espacios para disfrutar el juego, convivir y llevar a los hijos a la pelota.

A este episodio se suma la disputa por el nombre de Libres y Lokos. González solicitó ante el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI) el registro de la marca, una decisión cuestionada por integrantes de la barra, quienes han planteado la posibilidad de impugnar el trámite. La solicitud no equivale a una concesión definitiva, por lo que el desenlace legal sigue siendo un asunto distinto de la polémica por la supuesta propuesta de llevar este modelo de animación a Sultanes.

La pasión sí va con el béisbol. Las barras bravas, no.

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