
La partida casi simultánea de Jesús Sommers y Gregorio Luque no solo enluta al beisbol profesional de México, también marca una especie de despedida de una generación que ayudó a construir lo que muchos consideran una época dorada, sobre todo de la LMB.
Ambos fueron protagonistas en la década de los setenta, cuando la liga vivía estadios llenos, rivalidades intensas y una identidad que comenzaba a consolidarse en todo el país. No eran figuras aisladas, sino parte de un ecosistema competitivo que elevó el nivel del circuito y fortaleció su arraigo regional.
Sommers y Luque compartieron algo más que contemporaneidad: la permanencia. Sus trayectorias no se limitaron a algunas campañas; se extendieron por múltiples temporadas y, tras su etapa como jugadores, ambos asumieron el reto de dirigir desde el dugout. Esa transición del terreno de juego a la estrategia habla de conocimiento profundo y compromiso duradero con el beisbol mexicano.
No todos los peloteros logran convertirse en mánagers y aunque como manejadorla trayectoria de Luque supera a la de “Chucho” Sommers, el respeto que ambos se ganaron, no tiene cuestionamiento alguno.
Hoy la LMB atraviesa otra etapa, con nuevas dinámicas de difusión, modernización y expansión. Pero su presente no puede entenderse sin los cimientos que levantó aquella generación. La época dorada no fue un concepto abstracto; fue una suma de nombres propios, temporadas intensas y trayectorias largas que dieron estabilidad y prestigio al circuito.
La muerte de dos referentes en la misma semana no es solo una coincidencia cronológica. Es un recordatorio de que el tiempo avanza también sobre las páginas más brillantes de la historia.
Se fueron dos nombres importantes…y, con ellos, también se fue un pedazo de aquella LMB que llenaba todos los parques, forjaba ídolos y sembraba identidad.
Y esa herencia —más que cualquier estadística— es con la que los recordamos.


