
Desde antes de que comenzara el Clásico Mundial, había un juego que muchos señalaban como el posible punto de quiebre del grupo: El duelo entre México e Italia.
Aquí mismo en este espacio lo adelantamos, pero al interior del equipo de México se minimizó lo obvio, y se enfocaron en que el juego importante era contra Estados Unidos. Y no era una suposición arriesgada, Italia incluso había dejado claro quién sería su abridor para ese encuentro: Aaron Nola.
La información estaba ahí desde el principio. Un pitcher anunciado con anticipación para el juego que probablemente definiría el destino del grupo y aun así no se aprovechó la información palara estudiarlo y para planear una estrategia. Era el tipo de detalle que, en torneos cortos como este, obliga a una preparación minuciosa. Estudiar tendencias, diseñar un plan ofensivo, anticipar escenarios y preparar al equipo para enfrentar a uno de los brazos más sólidos del torneo.
Pero cuando finalmente llegó el juego, nada de eso pareció reflejarse en el terreno. México lució incómodo desde el inicio, sin ajustes claros y sin la sensación de que existiera una estrategia diseñada específicamente para enfrentar al abridor italiano.
Y esa falta de preparación terminó contrastando con el discurso que había acompañado al equipo durante el torneo. Durante días se habló de campeonatos, de finales posibles y de lo que significaría para el beisbol mexicano conquistar el torneo.
El manager Benjamín Gil había expresado con claridad que México estaba para competir por el título. La ambición nunca es un problema, pero en torneos como el Clásico Mundial, donde cada juego puede decidir el destino de un equipo, las palabras necesitan respaldo en algo mucho más concreto: preparación, estudio del rival y una estrategia clara para los momentos decisivos.
En el beisbol los detalles pesan, y cuando un equipo llega al juego que puede definir su torneo sin la preparación suficiente para enfrentarlo, el resultado suele ser inevitable.
México sabía desde el inicio cuál podía ser el juego que decidiría su destino y no se preparó para ello. Porque está claro que en este deporte (como en cualquier otro) se puede ganar o perder, pero al menos hay que encarar los juegos importantes con una preparación adecuada, utilizando la información que se tiene a la mano. Y en está ocasión, no fue así.
La derrota no fue una sorpresa. Fue la consecuencia de no tomar en serio al rival.


